lunes, 16 de septiembre de 2013



La violencia es como el viento…
A veces parece que no estuviera, deja al aire mudo, estático y pesado…
A veces pasa por nuestro pelo como una suave brisa, como un susurro, un secreto o un pájaro lejano…
Pero a veces, cuando se lo permiten, la violencia crece en espiral, se condensa, y
de suave brisa se convierte rápidamente en  gran huracán,
en tormenta,
en torbellino,
mientras cada respiro y cada aliento es absorbido a su cauce destructor…
La violencia, es cierto, no aparece de la nada…
La violencia necesita rabia, frustración, requiere injusticia…
Crece sobre el terreno fértil del resentimiento…
Como acto de negación del otro, necesita que quién la ejerza haya sido también negado…
La violencia se alimenta a manotadas del estereotipo, de la generalización y del prejuicio…
La violencia necesita fronteras,
necesita miradas esquivas e indiferentes,
necesita de una profunda desconfianza en los corazones de los hombres…
La violencia revienta de un golpe el espejo que nos permite vernos en los otros,
pues no resiste la posibilidad de que los hombres se reconozcan entre ellos…
La violencia necesita capuchas, máscaras, cascos y escudos que impidan el contacto entre las miradas…
La violencia necesita ser sentida… Necesita penetrar, sea en la carne,
en la mente o en el alma de quién la recibe,
para así poder reproducirse…
La violencia, para que estalle,
necesita que sus ingredientes sean cocinados a fuego lento,
durante mucho tiempo,
en un rincón oscuro de los corazones…
La violencia, paradójicamente, aunque parece caótica, es incapaz de sobrevivir
en la complejidad… Necesita del Bien y el Mal… de Héroes y Villanos… de la
Verdad y la Mentira…
La Violencia necesita, por encima de todo, del Blanco y el Negro…
La violencia necesita cómplices… y los consigue…
Un par de horas después de que se anunciara la militarización de la ciudad,
al día siguiente de tomadas estas fotos,
 bajamos por calles desoladas,
intercambiando saludos desconfiados con los grupos de militares que poblaban las esquinas, hasta llegar a la Plaza de Bolívar…
la tensa calma en la que estaba la plaza, se rompió cuando un policía nos llamó con un grito…
Más de uno tragó saliva… Ninguno de nosotros esperaba lo que ocurrió después…
Para nuestra sorpresa,
Ni requisa, ni cédula, ni maltrato, ni insultos…
La fría noche la calentó una larga charla y un vaso de agua e panela que nos brindó este hombre oriundo de San Jacinto de ascendencia campesina…
Tímidamente se iban acercando más policías, apagaban el reggaeton de sus celulares, saludaban, y se unían a la charla…
Manifestaban su apoyo al Paro Agrario, pero rechazaban lo que había pasado el día anterior en ese mismo lugar,
La conversación tocó temas de política, historia, música, y finalmente, terminó en una invitación a comer sancocho de gallina en su pueblo natal…
Nos despedimos mirándonos a los ojos, con una sonrisa, agradeciendo tan absurdo y necesario encuentro…
Porque en Colombia necesitamos paz… Pero la paz  no es el silencio de las armas, sino la armonía entre los hombres..
Y si la violencia necesita de blancos y negros, la paz necesita colores y matices…
Si la violencia necesita armaduras, cascos y capuchas, la paz necesita desnudez en el alma…
Si la violencia necesita fronteras y murallas en las tierras y los corazones, la paz necesita quién los salte y los derrumbe…
La paz necesita que la mirada detrás de la máscara y la capucha se encuentren,
Que la mano que jala el gatillo y lanza  la roca se aprieten en señal de respeto..
La paz necesita el diálogo que las armas y el odio callan,
Pero sobretodo… La Paz necesita cómplices… ¿Los tiene?


Pablo Mejia


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